Estados
Depresivos en Pacientes Mujeres
La Perspectiva de los Estudios de Género
Irene
Meler
Este
trabajo fue publicado en la Revista Subjetividad y Cultura, México,
mayo de 1996.
Los trastornos
depresivos afectan en forma diferencial a la población femenina.
La proporción de mujeres deprimidas oscila de acuerdo a diferentes
estudios entre dos a uno a tres a uno respecto de los consultantes
varones. Esta tendencia ha favorecido una modalidad específica de
psiquiatrización de su conflictiva.
Coincidiendo
con autoras que han estudiado esta problemática (Burín, M. et al.
1990; Dio Bleichmar, E. 1991), considero que ésta es una de las
formas en que se expresa el particular malestar de las mujeres en
la Cultura. Quienes trabajamos en la intersección de dos discursos,
el psicoanalítico y el de los estudios de Género, nos enfrentamos
al desafío de articular en forma significativa una perspectiva focalizada
en lo intrapsíquico y en los vínculos tempranos al interior de la
familia, con otra cuyo interés es el estudio del imaginario social,
y de las instituciones que reproducen estilos de vida vinculados
con modalidades específicas de subjetivación y por ende, de psicopatología.
Así como en
el campo intrasubjetivo la singularidad de cada sujeto reclama el
estudio de casos uno a uno, el campo social dista de ser homogéneo
en la postmodernidad. Sin embargo, del mismo modo en que la unicidad
no impide establecer el diagnóstico del estilo personal y de la
modalidad de sufrimiento, también es posible cierta tipificación
de los sujetos de acuerdo a su estatuto social y cultural, origen
étnico, cohorte generacional etc..
Nuestra reflexión
se inserta en el contexto del diálogo interteórico, y aunque a veces
nos parece estar en la torre de Babel, no renunciamos a la interdisciplina
debido a una convicción compartida y creciente acerca de su carácter
inevitable (Ver Flax J. 1990)
Sobre la base
de un estudio de caso, intentaré desplegar una visión que integre
estas vertientes teóricas.
Nydia solicitó
atención a los cuarenta y ocho años de edad, después de haber finalizado
un análisis prolongado, al que acudió debido a sus estados depresivos
recurrentes, que requerían medicación contínua. Su demanda para
ese período fue un tratamiento más ágil, que se focalizara en sus
problemáticas actuales, especialmente en sus conflictos de pareja
y la relación con sus hijos. Con esta consigna me fue referida,
y comenzó su análisis.
El origen infantil
de sus dificultades, fue, según su relato, un episodio de despersonalización,
acaecido a temprana edad, (aproximadamente a los cinco años), un
día en que su madre salió junto a su hermana y ella quedó sola.
Se contemplaba en el espejo y no se reconocía, y esta angustia persistió
durante largos años, experimentando al momento de la consulta aún
una cierta inquietud ante el espejo, lugar sin embargo frecuentado,
ya que se trataba de una mujer bonita y sumamente preocupada por
su belleza.
La relación
con su madre era conflictiva, mientras que el padre fue una figura
débil y poco atractiva. Nunca se sintió aceptada, siendo considerada
fea y mala, mientras que su hermana menor respondía a las espectativas
maternas, por ser una niña tranquila, gordezuela y de aspecto angelical.
En la vida adulta, había triunfado por sobre esa hermana, ya que
su situación social y su desarrollo personal eran muy superiores.
Durante su juventud, demostró una considerable autonomía, trabajando
y ayudando a sus padres, que no estaban en buena situación económica
y tenían escasa instrucción.
Se unió a un
hombre separado de su primer esposa, ambicioso y competitivo, con
serias dificultades en su vínculo con los hijos del primer matrimonio,
y dedicado a negocios especulativos con los que obtenía mucho dinero,
pero que tenían la característica de generar una constante inseguridad,
alternándose las pérdidas y las ganancias con una velocidad que
a Nydia le resultaba angustiosa. En esta unión conyugal, la autonomía
e iniciativa que la paciente desplegó mientras era soltera, fueron
delegadas en el marido, quién planteó desde el comienzo que, según
su criterio, la paz del hogar residía en una estricta división sexual
del trabajo: "Vos no te metas en los negocios, dejame eso a mí,
y ocupate de la casa y de los chicos". Este comentario, que puede
parecer banal y a lo sumo algo convencional, encubría una profunda
rivalidad narcisista, que se pretendía regular mediante la separación
de territorios de competencia. Efectivamente, funcionaron muchos
años de este modo, transformándose ella en una verdadera experta
en relaciones familares, mientras que él apenas se conectaba con
sus dos hijas.
En cuanto al
area laboral, Nydia tuvo un negocio a su cargo, pero lo abandonó
por temor a descuidar a su hija menor, que era pequeña, y contribuyó
a esta decisión un comentario de su marido, quién dijo que él ganaba
en un suspiro el dinero que ella obtenía en un mes. Como efectivamente
era cierto, Nydia decidió dejar su trabajo, pasando desde ese momento
a depender económicamente del marido.
La relación
entró en conflicto rápidamente, ya que ella comenzó a oponerse a
las maniobras especulativas del esposo, debido a la inseguridad
constante en que la colocaban. Sólo en el curso de su tratamiento
logró poner en palabras su percepción, antes desmentida, de que
siempre había terceros perjudicados en estas transacciones.
Su primer episodio
depresivo, de extrema gravedad, se desencadenó con motivo de una
enfermedad del marido, la cual tuvo un diagnóstico dudoso ya que
parecía un cuadro grave, aunque luego se resolvió con facilidad.
Su sufrimiento no disminuyó con la resolución del problema, debiendo
ser medicada e iniciando en ese momento su primer análisis.
Su matrimonio
se prolongó durante largos años, signados por el constante conflicto,
violencia física esporádica, e infidelidades del esposo. Las hijas
presentaron diversas dificultades en relación con esta situación,
presentando la menor conductas impulsivas y adictivas. A pesar de
la toxicidad del ambiente familiar, y de la clara percepción que
ella tenía de esa situación, durante mucho tiempo no pudo modificarla,
repitiéndose en forma monótona los episodios conflictivos, la violencia
y las depresiones. Por momentos me parecía formar parte de un pacto
perverso, donde ella sostenía un vínculo destructivo, sin modificarlo
ni romperlo, por una parte debido a la transferencia de su desamparo
infantil, y por la otra, en función los beneficios económicos y
narcisistas derivados de la unión. El análisis, en ese contexto,
era utilizado como un recurso para soportar la situación.
En ese período,
Nydia emprendió y completó estudios, relacionándose con ambientes
extrafamiliares y reconquistando cierta autonomía, pero sin cambiar
la situación de base. Dudo que, de mantenerse el statu quo económico,
hubiera podido evitar la cronificación. Pero ocurrió que, en función
de transformaciones del contexto nacional, el esposo comenzó a deteriorarse
en el aspecto laboral, llegando a quedar con muy escasos recursos.
Esta circunstancia promovió la necesidad de que ella retomara una
actividad productiva, desempeñándose exitosamente, con un estilo
completamente diverso al de su marido. Mientras que él se embarcaba
en empresas ambiciosas y arriesgadas, su modalidad de gestión era
prolija y en pequeña escala, no faltándole sin embargo iniciativa
y creatividad, pero siempre sin asumir demasiados riesgos. Así logró
solventar su subsistencia, decidiendo en ese momento la separación.
Los episodios depresivos no volvieron a repetirse durante ese período,
pese a que enfrentó situaciones de desamparo y extremo conflicto,
manteniéndose activa, y disfrutando de la existencia de un modo
en que no había podido hacerlo en sus épocas de mayor abundancia
y protección.
Una primer cuestión
que resulta de interés discutir, hace al peso relativo de las series
complementarias (Freud 1917). Comparto la importancia que se ha
asignado a las experiencias tempranas para la estructuración del
Aparato Psíquico, pero a la vez, considero relevantes las circunstancias
actuales, en tanto es ante conflictos del presente y sus implicancias
futuras donde se actualizan y resignifican las disposiciones básicas
ya establecidas. Las primeras controversias en el campo del Psicoanálisis
acerca del sentido retrospectivo o prospectivo de los síntomas,
dejan lugar hoy día a una comprensión más flexible, posibilitada
entre otras cosa por el desarrollo del concepto de resignificación.
Es así como una psicoanalista francesa, M. Torok (1964) puede decir:
"Entendemos por dimensión prospectiva de un síntoma y del conflicto
que lo subtiende , su aspecto propiamente negativo, que no es solución
de ningún problema y que no se define más que por alguna cosa, aún
inexistente, que aún no ha acaecido: el paso adelante que impidió
realizar".
Consideraré
entonces, la forma en que la disposición infantil se actualiza en
función de circunstancias actuales muy específicas.
En la historia
vital de Nydia, es posible construír una intensa relación de apego
preedípico con su madre, respecto de la cual demoró en establecer
las fronteras entre el Self y el Objeto. Esta persistencia de la
identificación primaria facilitó que una experiencia que podría
haber sido significada como celos y abandono, afectara el sentido
de identidad, en una forma que podría expresarse a través de la
frase "Qué soy yo sin mi madre".
N. Chodorow
(1978) y E. Dio Bleichmar (op. cit.), han estudiado la relación
preedípica entre madre e hija, coincidiendo en destacar la fusión,
indiferenciación y extensión narcisista como características de
este vínculo temprano, en oposición a la diferenciación y sexualización
precoz que signa la relación de la madre y el hijo. El carácter
diferencial del vínculo se explica en base a la percepción que la
madre construye acerca del infante, como perteneciendo al mismo
u a otro colectivo genérico. La pertenencia al mismo género, favorece
ser tratada como "otro Yo" de la madre. Karen Horney (1923) ya había
trabajado previamente el efecto de la indiscriminación de la hija
con respecto a su madre, respecto de las fantasías histéricas de
seducción por parte del padre u otros familiares. Según ella, la
niña identificada masivamente con su madre, supondría haber experimentado
solidariamente el coito con el padre. La amenaza de pérdida del
objeto primario afectaría en estos casos profundamente al Self,
ya que, tal como lo señala Freud en "Duelo y Melancolía" (1917),
la relación sería de índole narcisista, fuerte y lábil a la vez,
ya que el objeto, transformado en objeto de necesidad, estaría indiferenciado
del propio ser.
Ahora bien:
¿es éste el destino fatal, el camino que canónicamente seguirá siempre
la relación madre-hija?. Podría referirse a la semejanza sexual
anatómica un destino inamovible. Pero N. Chodorow (op. cit.) aporta
una perspectiva que destaca la importancia de la modalidad de ejercicio
maternal y parental, al interior de la familia nuclear urbana, caracterizada,
al momento de realizarse el estudio, por una estricta división sexual
de las tareas. Suponemos que una niñita que recibe cuidados primarios
por parte de ambos padres, tal como ocurre en muchas familias jóvenes
actualmente, establece tempranas diferenciaciones entre ambos objetos
parentales, lo que a su vez, podrá estimular una mayor discriminación
entre sí misma y su madre. A su vez, una madre postmoderna, se ve
obligada por la velocidad del cambio social a diferenciar prontamente
entre su Self y el de su descendiente, debido a la brecha generacional
acrecentada, que induce sentimientos de extrañamiento entre padres
e hijos. La disminución de la idealización colectiva del ejercicio
maternal, favorece el surgimiento de otros deseos e ideales, que
operan como agentes diferenciadores de la díada narcisista. La imagen
de una madre que sólo desea a su bebé, va quedando restringida a
un período histórico en que llegó a su apogeo el imperativo maternal
de la Modernidad.
Por lo tanto,
de acuerdo a nuestra perspectiva, Nydia presentaba una patología
cuya fecha de nacimiento es posible de datar en los años cuarenta,
época en que el culto hipertrófico de la maternidad pretendía restañar
las heridas de la guerra. Posiblemente, su madre sufrió el proceso
de nuclearización familiar y de aflojamiento de los lazos con los
padres, experimentando sentimientos de orfandad que a su vez indujo
en Nydia, a quién trató de un modo que fomentaba el apego y a la
vez lo frustraba.
En cuanto a
la relación conyugal, el esposo, elegido en un principio como instrumento
de triunfo en la confrontación con su hermana y por extensión con
sus semejantes, fue, considerado como una posesión preciosa, que
le permitió tener "algo más" que lo obtenido por su madre y que
su hermana. Su posición social operó durante mucho tiempo como revancha,
y a la vez como ofrenda hacia la madre, cuyo amor deseaba obtener
mediante la utilización de la potencia fálica del marido. Pero se
fue desarrollando un proceso regresivo, tal como lo describe Freud
(1931), por el cual, tras la aparente transferencia paterna, reapareció
la imago de la madre preedípica transferida sobre su pareja. Se
produjo en este sentido un efecto siniestro, ya que, quién fue convocado
como auxiliar en la lucha por seducir y a la vez superar a la madre,
se transformó en otra versión de la misma. La dependencia que se
fue estableciendo progresivamente en el vínculo, ayudaba a reeditar
el apego ambivalente, donde coexistía junto al sentimiento de no
poder vivir sin él, el odio por la inermidad en que la paciente
suponía quedaría de faltarle su compañero.
El primer episodio
depresivo, puede ser comprendido desde esta perspectiva como una
interiorización de una relación de amor -odio, escenificándose a
la vez, el pedido de auxilio ante el desamparo y el deseo de muerte
como expresión del anhelo de liberarse.
Nuevamente nos
interrogamos acerca del origen intrapsíquico de esta modalidad vincular,
o si se puede referir a un avatar relacional universal. Consideramos
que las características reales que la relación de pareja tuvo en
esa generación, favorecieron la reedición del vínculo preedípico.
En las parejas que hemos llamado tradicionales, definidas por el
dominio masculino (Meler 1994), la concentración de poder económico
y social en manos del hombre reedita la indefensión de la relación
madre hijo de los primeros estadios de la vida. Pareciera que las
mujeres fueron exigidas en esos vínculos a representar el rol del
infante, arrogándose el varón la omnipotencia supuesta en la madre.
El rol proveedor, típificado como masculino, sería una modalidad
institucionalizada de desposesión de la madre preedípica y expropiación
de sus poderes. En estas mujeres, se fue creando lo que se llamó
"indefensión aprendida". Este término es utilizado cuando se estudia
la violencia doméstica, pero puede hacerse extensivo a la indefensión
económica y social que se favoreció mediante la división sexual
del trabajo propia de las sociedades industriales.
En el último
período del vínculo conyugal, donde se incrementó la violencia y
el malestar era cotidiano, Nydia hacía esporádicas declaraciones
de amor, al estilo "sin embargo lo quiero". Mi actitud fue de extrema
prudencia, respetando su decir, pero no podía evitar una percepción
de inautenticidad. De acuerdo a la experiencia clínica obtenida
en la atención de mujeres involucradas en este tipo tradicional
de unión de pareja, considero que la referencia al amor es un recurso
ideológico disponible en el sistema de representaciones imaginarias
que contextuó su vida, y que es utilizado para enmascarar defensivamente
sentimientos de desamparo, dependencia y humillación. En este caso,
esa impresión se corroboró a través del seguimiento posterior a
la separación, donde el sentimiento predominante fue de alivio,
aunque sin negar la pena por el proyecto fracasado y la ternura
hacia el ex marido. Otra observación recurrente, es que en estos
casos, cuando se entabla otro vínculo de pareja, las mujeres evitan
repetir la dependencia, buscando relaciones menos asimétricas, donde
retienen cierto dominio.
Si a partir
de esta viñeta, intentamos sistematizar los factores predisponentes
para la aparición de trastornos depresivos en las mujeres, podemos
considerar los siguientes:
*Relación fusional
narcisista con la madre, favorecida por pertenecer al mismo género
sexual y por ende ser tratada como semejante. Emilce Dio Bleichmar
considera que dado el predominio de la corriente heterosexual en
la madre, el vínculo que ésta entablará con la niña será menos erotizado.
En un trabajo anterior (Meler 1987) he disentido parcialmente con
esta caracterización, ya que el tabú del incesto genera en muchos
casos una conducta más cautelosa en cuanto al contacto sensual con
el varoncito, mientras que con la niña la hipertrofia de la ternura
está más permitida. Esta es una forma en que se expresa el amor
a sí mismas de las mujeres, que si bien en muchos casos aún prefieren
un hijo varón (Freud 1933), renunciando así a re-producirse (Irigaray
1974), expresan en lo privado un amor que resiste a la devaluación
ancestral del propio género. Coincido en la observación de que esta
ternura es indiferenciada, y que el cuerpo de la infante es vivido
como extensión del propio, situación que será reeditada en la vida
adulta de las mujeres, cuyo cuerpo encarna, como lo señaló Michèle
Montrelay (1970), el cuerpo materno como primer objeto de deseo.
El vínculo arcaico
madre-hija, deja su impronta en cuanto a la modalidad de relación
objetal, de ser a ser. Luce Irigaray (op. cit. ) destaca también
la importancia del apego pulsional precoz, y el hecho de que, mientras
el varón ve transformada la interdicción en promesa de otra mujer,
la niña sólo podrá recuperar a su madre mediante la identificación.
Según esta autora, el carácter más radical de la renuncia femenina,
genera una predisposición hacia trastornos depresivos. Las teorizaciones
sobre este período son contradictorias, ya que Montrelay (op. cit.)
postula en cambio que la pérdida del objeto primario nunca se consuma
totalmente en las mujeres. Esta aparente confusión se debe a la
indiferenciación propia de ese estadio evolutivo, entre relación
de objeto e identificación.
*Las características
del vínculo temprano, favorecen la constitución de lo que ha sido
llamado un "self en relación" (Baker Miller 1987), y que de algún
modo coincide con el planteo freudiano de "Duelo y Melancolía".
Esta modalidad subjetiva permite internalizar el objeto de amor
perdido, con mayor facilidad que en los casos en que la frontera
Yo-no Yo es más nítida. Sin embargo, es necesario aclarar que la
alternativa no pasa forzosamente por una subjetivación al estilo
masculino, sino que la porosidad de los límites del Self, que se
refuerza con la experiencia del embarazo, y que es vivida por muchas
mujeres aunque no sean madres, en función de su mayor dependencia
de una red vincular, puede permitir desarrollos de elevado nivel
simbólico, signados por la capacidad de empatía e identificación.
Entre otros casos, ésta es una buena razón para la elección de la
práctica del psicoanálisis u otros métodos terapèuticos por parte
de las mujeres (Dolto 1982).
*La interdicción
de la expresión pulsional en sus vertientes sensual y hostil, ha
sido característica de la subjetivación de las mujeres. En este
caso, la vuelta contra sí misma de la hostilidad, que puede tornarse
en masoquismo (Freud 1933), es otra circunstancia que coadyuva a
la instalación de estados depresivos. La condición social de las
mujeres es la clave para comprender esta inhibición de la expresión
pulsional. En tanto el lazo social fue establecido entre varones
a través del intercambio de mujeres (Lèvy Strauss 1949), se produjo
la pasivización de su sexualidad, (Fernández, 1993) y la represión
o/y vuelta contra sí misma de la hostilidad (Burin, 1987). Es conocida
la prevalencia de sociopatías e impulsiones entre los hombres, lo
que constituye una manifestación del malestar específico propio
de la masculinidad social. En circunstancias en que un varón se
pondría violento, muchas mujeres se entristecen y autoreprochan.
Ya Ernest Jones (1927) destacó que no existe una relación simple
entre satisfacción pulsional y severidad del Super Yo. Por el contrario,
según ese autor, el sadismo superyoico se acrecienta con la frustración.
Este es el caso de las mujeres tradicionales.
*La mistificación
del amor romántico (Schmuckler 1982), prevalente en el imaginario
social moderno, y la prescripción de legitimar la sexualidad mediante
el amor, ha funcionado en el sentido de estimular el establecimiento
de vínculos de exclusividad y extrema dependencia emocional por
parte de las mujeres con respecto de sus parejas. Como es sabido,
los hombres que más se ajustan al estereotipo masculino, no otorgan
la misma importancia al amor en sus vidas, invistiendo el trabajo
y sus logros personales, así como el propio despliegue pulsional,
como emblemas para acreditarse ante sus semejantes. Es posible que
encontremos modalidades semejantes de subjetivación en mujeres más
jóvenes y con ideales del Yo postconvencionales (Dio Bleichmar 1985).
*La división
sexual del trabajo, ha adquirido características extremas a partir
del industrialismo, al disociarse como nunca la esfera pública del
mundo privado, quedando las esposas en condición dependiente, mientras
que su tarea carece de legitimación y reconocimiento social, por
lo que no alcanzan un status genuinamente adulto. La dependencia
económica y social con respecto del marido, se refuerza recíprocamente
con la dependencia afectiva antes descripta. Estas condiciones de
vida, fomentan la reedición de la relación preedípica al interior
del matrimonio, vínculo que ya Freud caracterizó como de intensa
ambivalencia. Es fácil en ese contexto, que la amenaza de pérdida
del cónyuge o de su amor, desencadene crisis depresivas. A esto
hay que agregar que existe una verdadera falta de entrenamiento
en el ejercicio de habilidades necesarias para el desempeño en el
mundo social. El autoreproche de ser inútil, típico de las crisis
depresivas, podría repensarse teniendo en cuenta la real incapacitación
para la vida autónoma.
*El ejercicio
de la parentalidad en forma exclusiva, participando el padre sólo
como referente simbólico y proveedor económico, sobrecarga material
y emocionalmente a las madres. Los hallazgos psicoanalíticos acerca
del desarrollo temprano y la importancia de las primeras experiencias,
han contribuído impensadamente a culpabilizar el ejercicio maternal.
En un período de la historia en que la familia fue filiocéntrica
(las familias más jóvenes se centralizan en torno de la pareja conyugal
y por ese motivo se disuelven con facilidad cuando el vínculo deja
de ser satisfactorio), el proyecto de vida residió en gran medida
en el éxito de los hijos, siendo considerada la madre como responsable
en caso de que éstos presentaran problemas. Las dificultades de
los hijos son uno de los principales factores depresógenos. La práctica
de la maternidad tal como es ejercida aún hoy día, implica una paradoja
de difícil resolución. La madre debe identificarse profundamente
con el infante para poder asistirlo en su desamparo inicial, realizando
una intensa investidura libidinal y transformándolo en su principal
emblema narcisista, para ir dando lugar, al poco tiempo y en forma
progresiva, al despliegue de autonomía necesario para su desarrollo,
despidiéndolo finalmente, para mantener en muchos casos una relación
distante. Cuando no existen otras fuentes de suministros narcisísticos,
ni demasiadas posibilidades de desplazamiento de la investidura
libidinal, están dadas las condiciones para el surgimiento de lo
que Rose Oliver (1981) llamó "el sindrome del nido vacío", asociado
a la depresión.
Como vemos,
para comprender en forma integrada el origen y sentido de los trastornos
depresivos en pacientes mujeres, resulta necesario articular nuestros
conocimientos acerca del desarrollo temprano con la consideración
de las circunstancias actuales de la vida cotidiana y los temores
que existen acerca del futuro. En muchos casos no se trata sólo
de levantar represiones para que aflore material infantil, sino
de resolver la operatividad de la desmentida de situaciones reales
y actuales, que no se desea conocer por que afectan seriamente el
autorespeto, en especial en función con la inevitable comparación
con la vida de mujeres más innovadoras, que despliegan una mayor
autonomía. Esta confrontación, que a veces se produce entre las
condiciones de vida de las madres y las hijas, también opera como
factor depresógeno.
Los factores
antes enumerados contribuyen al surgimiento de estados depresivos
especialmente en mujeres aculturadas en forma tradicional, y que
experimentan una crisis con características particulares en la mediana
edad (Burin 1987). Sin embargo, también se han descripto estados
depresivos en mujeres innovadoras, con una carrera laboral exitosa
(Burin 1994), en función de limitaciones en su desarrollo asociadas
a su condición de género.
No es posible
finalizar sin aclarar que no consideramos al proceso de autonomización
como garante de ningún supuesto estado de salud y mucho menos de
felicidad. Sin duda surgirán otras modalidades de malestar cultural,
y persistirá algo que nunca falta y que Freud denominó "el infortunio
común". Sin embargo, la posibilidad del despliegue de actividad
favorece una elaboración de los avatares de la existencia que estimamos
de mejor pronóstico.
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Fuente:
http://www.psiconet.com/foros/genero/depresivos.htm
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no pretende substituir el necesario consejo médico o la necesidad
de un tratamiento profesional médico para una dolencia
o transtorno en su salud.
Siempre
debe consultar a un médico ante cualquier duda sobre su salud
y antes de comenzar un nuevo tratamiento con medicamentos, dieta
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