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Depresión
- Biología
de los Trastornos Afectivos
F.A.
Pérez Arnau
Psiquiatra coordinador. Centre de Salut Mental Prat de Llobregat.
Sant Joan de Déu. Serveis de Salut Mental. Barcelona
INTRODUCCIÓN
Se acepta que
la etiopatogenia de los trastornos afectivos (depresión-manía),
como la de otros trastornos psiquiátricos, debe ser multifactorial,
existiendo factores genéticos/biológicos y también psicosociales
(personalidad, acontecimientos vitales, soporte social...). Así,
podríamos hablar de unos factores predisponentes, otros precipitantes
y otros más mantenedores del trastorno depresivo, que habrá que
tener en cuenta en la exploración y en el momento de planificar
el tratamiento.
Según nos refiramos
a una depresión reactiva, una distimia, un trastorno depresivo mayor
o una melancolía, el peso se decantará hacia uno u otro de los factores
etiológicos.
Así, en la depresión
mayor melancólica, que se considera un trastorno eminentemente "endógeno"
y que es el que presenta una clínica de mayor gravedad, se piensa
que la influencia de factores genético-biológicos es determinante
en su inicio y evolución.
Ya Hipócrates
reconoce en su Corpus hippocraticum un tipus melancholicus
inclinado a padecer melancolía, de especial incidencia en primavera
y otoño, y cuya causa relaciona con una patología de los humores
básicos y concretamente con un exceso o alteración de la bilis negra
(Lewis, 1967).
Desde entonces
las descripciones clínicas y clasificaciones han ido perfilando
mejor la clínica de los trastornos afectivos, pero no ha sido hasta
hace pocas décadas, en que el inicio de los primeros tratamientos
antidepresivos eficaces, en los años cincuenta, propicia las primeras
teorías biológicas de la depresión, favorecidas por las progresivas
anomalías biológicas detectadas en las depresiones endógenas (tabla
I).
PRIMERAS
HIPÓTESIS BIOLÓGICAS DE LA DEPRESIÓN
La bioquímica
es uno de los campos más fructíferos en el estudio de la biología
de la depresión, aunque los hallazgos no permitan ser concluyentes.
Desde que se
sientan las primeras bases del conocimiento funcional del sistema
nervioso central, surgen las primeras hipótesis biológicas de la
fisiopatología de los trastornos afectivos y de los posibles mecanismos
de acción de los fármacos antidepresivos.
Las primeras
hipótesis biológicas valorables fueron la de la deficiencia catecolamínica
(Schildkraut, 1965; Bunney y Davis, 1965) y la hipótesis de la deficiencia
indolamínica (Coppen, 1967; Lapin y Oxenkrug, 1969).
La hipótesis
de deficiencia catecolamínica se basaba en la observación de que
muchos fármacos con efecto estimulante-antidepresivo (DOPA, anfetaminas,
salbutamol, antidepresivos tricíclicos...) tenían un efecto activador
de la noradrenalina (NA) y aumentaban la concentración sináptica
de este neurotransmisor, mientras que otras sustancias que producían
depleción de NA (reserpina, alfametildopa, propranolol, alfametilparatirosina)
producían síntomas depression-like.
Esta hipótesis
postulaba, en síntesis, que la depresión sería el resultado de un
déficit central de NA, y que la manía podría deberse a un exceso
cerebral de este neurotransmisor.
La hipótesis
indolamínica refería que el déficit cerebral de serotonina (5-HT)
era responsable de la enfermedad depresiva, basándose en el hallazgo
de que la utilización como antihipertensivo de la reserpina, alcaloide
que vacía los depósitos intraneuronales de 5-HT, provocaba depresión
en un porcentaje elevado de pacientes hipertensos (Goodwin y Bunney,
1971); por otro lado, fármacos que aumentaban la 5-HT sináptica,
como la 5-hidroxitriptamina (5-HTP), el l-triptófano (TRP) o algunos
antidepresivos tricíclicos y los inhibidores de la monoaminooxidasa
(IMAO) mejoraban la sintomatología depresiva.
Además, existe
la evidencia de que la mayoría de medicación antidepresiva y también
la terapia electroconvulsiva tienen un profundo efecto en el sistema
neurotransmisor catecolamínico e indolamínico (Murphy et al, 1978;
Carlsson y Linqdvinst, 1978; Charney et al, 1981).
De las observaciones
señaladas no era ilógico concluir las hipótesis referidas; sin embargo,
estas hipótesis no explicaban la falta de eficacia inmediata de
los tratamientos antidepresivos, a pesar de los rápidos efectos
de diversos antidepresivos para aumentar las concentraciones sinápticas
de 5-HT y de NA.
Además, sustancias
que de forma similar afectan presinápticamente a la función monoaminérgica,
caso de la anfetamina y la cocaína, no son antidepresivos eficaces.
Por otro lado,
la deficiencia de NA o de 5-HT, o bien de los metabolitos en líquido
cefalorraquídeo (LCR), sangre u orina, no han sido consistentemente
demostradas en los pacientes depresivos. (Charney et al, 1981),
a pesar de los esfuerzos desarrollados por múltiples investigaciones
en refrendar estas hipótesis.
Los importantes
trabajos iniciales de M. Asberg (1976) que muestran una disminución
clara del metabolito primario de la 5-HT, el 5-hidroxiindolacético
(5-HIAA) en LCR de un grupo de pacientes depresivos con mayor riesgo
suicida o con conducta impulsiva, no son confirmados por otros estudios
(Koslow et al, 1983; Gerner et al, 1984), y por otro lado también
se ha observado una disminución del 5-HIAA en otros diagnósticos
no afectivos (Asberg et al, 1987; Roy et al, 1990).
Actualmente
sabemos que no es posible que una hipótesis tan simplista, como
es la de la carencia única de uno u otro neurotransmisor, pueda
explicar la etiopatogenia de los trastornos afectivos más endógenos.
El avance de
estos últimos años en el conocimiento de la compleja regulación
de la síntesis de los neurotransmisores y de su liberación a nivel
sináptico, los datos ofrecidos por las determinaciones de los receptores
pre y postsinápticos y las interacciones de estos receptores con
los sistemas de segundos y terceros mensajeros, así como las relaciones
de los diferentes neurotransmisores entre sí y con otras sustancias,
entre otros hallazgos, obligan a modificar estas hipótesis biológicas
primarias sobre la fisiopatología de los trastornos afectivos.
A pesar de que
varios neurotransmisores (5-HT, NA, dopamina, GABA, acetilcolina)
y neuropéptidos (somatostatina, vasopresina, colecistocinina, opioides
endógenos y corticoliberina) se relacionan actualmente de una forma
directa o indirectamente en la patogenia de los trastornos afectivos,
las sustancias que siguen estando más implicadas en investigaciones
recientes continúan siendo los neurotransmisores noradrenérgicos,
y sobre todo la 5-HT, aunque el modelo basado en la carencia de
una u otra sustancia ha ido cediendo terreno a teorías basadas en
el desequilibrio entre los sistemas de neurotransmisión y sobre
todo en la desregulación de los receptores donde actúan y que regulan
la actividad de dichos neurotransmisores.
NUEVAS
LINEAS DE INVESTIGACIÓN EN LA ETIOPATOGENIA DE LOS TRASTORNOS AFECTIVOS
Disponemos en
la actualidad de datos que indican que las alteraciones del sistema
neurotransmisor pueden ocurrir por cambios en el número o sensibilidad
de los receptores pre y postsinápticos en el sistema nervioso central,
sin una alteración en la cantidad del neurotransmisor mismo. Las
hipótesis basadas en la "deficiencia" de neurotransmisores han sido
pues modificadas y se proponen nuevas hipótesis que implican al
"receptor" de la acción antidepresiva.
Estas hipótesis
establecen que la fisiopatología de la depresión podría estar más
relacionada con una anormal regulación de la sensibilidad del receptor
que con deficiencias en el neurotransmisor, y que el retraso en
la presentación de los efectos terapéuticos del tratamiento antidepresivo
estaría relacionado con alteraciones tiempo-dependientes en la sensibilidad
de los receptores catecolamínicos e indolamínicos (Charney et al,
1981).
Un similar punto
de vista de "hipótesis de desregulación" ha sido expresado también
por Siever y Davis (1985), que proponen que en el trastorno afectivo
los mecanismos homeostáticos que controlan la función del neurotransmisor
estarían "desregulados" y que los agentes farmacológicos antidepresivos
efectivos retorna rían el sistema a una regulación normal. Los receptores
para neurotransmisores tienen como misión recibir mensajes químicos
específicos y traducirlos en las correspondientes respuestas neuronales
postsinápticas. Se cree que la superficie externa del receptor sirve
para reconocer y unirse al transmisor químico, mientras que la superficie
interna actúa como un transductor para efectuar los cambios intracelulares.
Cada receptor tiene como mínimo dos componentes, uno de reconocimiento
y otro efector, y existe un conjunto más o menos complejo de componentes
intermedios en dependencia del tipo de receptor de que se trate.
Serían los receptores, más que el neurotransmisor, los que van a
determinar qué transmisor será el que actúe sobre una célula dada
y si la acción resultante de esta acción será excitatoria o inhibidora.
Los receptores
han pasado de ser considerados como estructuras rígidas a serlo
como estructuras plásticas que responden básicamente a cambios en
la homeóstasis del neurotransmisor.
En algunos casos
el receptor está acoplado a la adenilciclasa, y la formación de
AMPc iniciará una serie de cambios entre los que se incluyen la
fosforilación de proteínas enzimáticas intracelulares o de la propia
membrana; esto ofrece un mecanismo intracelular que amplifica o
implica al primer mensajero en una secuencia de reacciones metabólicas
intracelulares.
Otros tipos
de acciones de transducción de los neurotransmisores son los de
abrir canales de membrana para movimientos iónicos y otros movimientos
moleculares, así como la liberación de hormonas y otros neurotransmisores
o en la síntesis de proteínas.
Diferentes alteraciones
relacionadas con los receptores pueden estar implicadas en la fisiopatología
de los trastornos afectivos. Teóricamente la alteración puede encontrarse
en el número o en la afinidad del propio receptor por el ligando,
en el complejo receptor-efector, en el mecanismo de transducción
de la correspondiente señal al efector, en el propio efector o en
cualquiera de los procesos postsinápticos activados por dicho efectores.
De todas las
posibilidades de alteración referidas, la del número de receptores
ha sido la informada con más frecuencia, aunque también se han encontrado
alteraciones en su afinidad.
Los receptores
son proteínas cuya cantidad puede aumentar o disminuir sólo por
síntesis o desgradación; al tratarse de un proceso que consume tiempo,
esto podría ser la causa de la lenta acción terapéutica de los antidepresivos.
Se ha supuesto
que los antidepresivos tricíclicos comunes inhiben inmediatamente
el mecanismo de recaptación de NA y/o de 5-HT en la neurona presináptica,
lo que originaría un incremento de la concentración de neurotransmisores
en los receptores postsinápticos; en respuesta a ello la neurona
postsináptica puede reducir el número de receptores y presumiblemente
también su actividad (down regulation). La correlación encontrada
por la investigación básica entre la down regulation de los
receptores postsinápticos betaadrenérgicos y la respuesta clínica
a los antidepresivos es probablemente en la actualidad uno de los
pocos datos que sugiere un papel directo del sistema noradrenérgico
en la depresión.
Debido a la
existencia de autorreceptores inhibidores en la neurona presináptica,
el incremento en la concentración del neurotransmisor en el espacio
intersináptico disminuirá la liberación del mismo.
Los estudios
realizados sobre receptores alfa-2 en plaquetas (modelo periférico
del sistema noradrenérgico) han mostrado resultados aparentemente
contradictorios. La activación de los receptores alfa-2 producirá
una disminución de la NA liberada. Se ha detectado un incremento
de estos receptores en pacientes depresivos frente a controles (García
Sevilla et al, 1981 y 1987; Siener y Uhde, 1984; Piletz et al, 1990),
si bien otros estudios no encuentran estas diferencias (Wood y Coper,
1982; Siever et al, 1987).
Las últimas
consecuencias de estos desplazamientos del equilibio entre la concentración
del neurotransmisor y la sensibilidad del receptor postsináptico
y presináptico aún no están claras.
A estas modificaciones
del receptor, secundarias a cambios en su activación por el neurotransmisor
correspondiente, hay que añadir otras denominadas heterostáticas,
en las que la modulación del receptor no se debe o no se acompaña
de cambios en la síntesis, liberación o metabolismo del neurotransmisor
en la porción presináptica de la neurona.
Estas alteraciones
receptor-receptor pueden ejercerse a través de un circuito local,
entre sinapsis adyacentes situadas en la misma dendrita, o bien
a través de un comodulador común, o sea con interacciones entre
receptores situados en la misma sinapsis.
Las hipótesis
de la desregulación y de la sensibilidad del receptor proponen,
en síntesis, que deficiencias funcionales en la neu-rotransmisión
pueden ocurrir con un contenido normal de neurotransmisores, y han
sido planteadas frente a la falta de estudios concluyentes para
identificar una clara evidencia de las deficiencias catecolamínicas
e indolamínicas en los pacientes depresivos (Heninger et al, 1990),
y en el contexto de una continuada muestra de que estas deficiencias
se hallan implicadas en la fisiopatología de los trastornos afectivos
y en la acción terapéutica a los fármacos antidepresivos.
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Fuente:
JANO - Viernes 19 Febrero 1999. Volumen 56
- Número 1288 p. 57
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