La
Familia: Dar algo más que Vida
Leonardo
Garnier
Ministro de Educación Pública
San José, Costa Rica
Hará unos veinticinco años, cuando mi esposa y yo
éramos padres primerizos - angustiados por hacer bien esa
tarea para la que uno nunca se siente bien preparado - buscábamos
apoyo en todo lado: en los amigos que ya habían sido padres,
en los recuerdos de lo que nos gustó - o no - cuando éramos
nosotros los hijos de padres primerizos; y en la lectura de cuanto
cayera en nuestras manos. Al final, lo que más nos impactó
- y nos convenció - fueron los argumentos del Dr. Terry
Brazelton, que mezclaba sus conocimientos profundos de pediatra
con una sensibilidad poco común.
Un tema que refleja bien nuestra afinidad con Brazelton era el
dilema típico de los nuevos padres ante el llanto imparable
del nuevo inquilino: ¿dejarle llorar hasta que se canse...
o alzarla, darle un poco de leche por si tiene hambre, golpearle
la espalda por si tiene cólico, cambiar los pañales
por si están sucios o... en fin, caminarla por la casa
tarareando y haciendo muecas por si está aburrida? Los
consejos de los mayores apuntaban a "dejarla llorar"
con un argumento práctico que nosotros no logramos poner
en práctica: si no la dejan llorar entonces se va a volver
una chiquita malcriada que va a hacer con ustedes lo que quiera;
¡a los hijos hay que disciplinarlos!
Brazelton discrepaba. Un bebé - decía - solo tiene
una forma de comunicarse: llorando. Pero si al llorar no pasa
nada, si la mamá o el papá simplemente "lo
dejan llorar", su aprendizaje es terrible: lo que ese niño
o niña aprende es, simplemente, que sus acciones no tienen
ningún efecto sobre el mundo que le rodea, es una lección
de impotencia. Al contrario, si cuando llora - por lo que sea
- algo ocurre, lo alzan, le dan leche, le golpean la espalda,
le cambian las mantillas, lo mecen, lo zangolotean... entonces,
aunque no hubiera sido ése el motivo de su llanto, habrá
aprendido algo fundamental: sus acciones, su llanto en este caso,
son poderosas, pueden cambiar el mundo.
Años después - unos veinte - haciendo un trabajo
de política social volví a topar con un texto de
Brazelton que, ahora, aplicaba sus conocimientos a otro problema:
la reproducción intergeneracional de la pobreza. No me
extiendo en esto, pero sabemos que los hijos de familias pobres
tienen una altísima probabilidad de seguir siendo pobres.
Brazelton coincidía, con agregando un "pero":
casi todos, decía, pero no todos. Se preguntaba, entonces,
por qué algunos niños pobres, hijos de pobres...
sí logran, a diferencia de la mayoría, romper ese
círculo vicioso de la pobreza. Sus hallazgos coincidían
con su práctica pediátrica: en la vida de esos niños
hubo alguien que, muy temprano, los hizo sentir poderosos: les
dio afecto, les respondió, actuó frente a su llanto
y sus demandas; en fin, les hizo sentir que sus actos podían
cambiar sus vidas, podían cambiar el mundo. Brazelton usaba
este descubrimiento para algo que debía ser obvio: los
centros de salud y nutrición de los niños no debían
limitarse a darle alimento y medicina a los pequeños; tan
importante como eso era que les dieran atención, que les
dieran afecto, que formaran su identidad. Lo mismo, claro, aplicaría
- en el cargo que hoy me ocupa - a la educación.
Hace poco, un amigo colombiano estuvo presente en una conferencia
del Dr. Brazelton, ya viejo y siempre sabio. Me cuenta que fue
una lección magistral para los cientos de jóvenes
pediatras que lo escuchaban. Empezó mostrando una simple
diapositiva con la cara de un niño que no se veía
nada bien... y preguntó: "ustedes, como pediatras,
están acostumbrados a diagnosticar. Pues bien ¿qué
tiene este niño, de qué padece?". Uno de los
presentes arriesgó una respuesta: "ese niño
presenta el síndrome de carencia afectiva". Los demás
asintieron. Brazelton pidió explicaciones y se las dieron:
todas las facciones del niño parecían confirmar
el diagnóstico. Brazelton los felicitó: "acertaron
- les dijo - pero veamos ahora la película y no solo la
foto".
Entonces mostró el video del mismo niño, feliz,
jugando al lado de su madre, conversando con ella, interactuando...
y sin mostrar signo de problema alguno. De pronto - en el video
- aparecía el propio Brazelton instruyendo a la madre para
que, a partir de ese momento, "se volviera como una piedra"
y no respondiera de ninguna manera a los requerimientos, llamados
o llantos de su hijo. Pasaron los minutos, el niño intentaba
todo tipo de contacto con su madre... y nada. Unos minutos después
llegó un momento en que el video se detuvo: era la escena
que mostraba la cara con la que los pediatras habían diagnosticado
"carencia afectiva" en el niño.
Ya ven - les dijo Brazelton - su diagnóstico fue perfecto:
esa carita muestra, en efecto, las consecuencias de la carencia
afectiva; ¡las consecuencias de diez minutos de carencia
afectiva! Piensen ahora cuáles pueden ser las consecuencias
de una infancia llena de carencia afectiva... una infancia sin
afecto, sin atención, sin ternura, sin respuesta.
Así, Brazelton nos enseña cuál debe ser la
responsabilidad esencial de la familia: dar vida no significa
simplemente dar a luz, no significa dar alimento, dar techo, dar
vestido; no significa dar juguetes o medicinas. Dar vida significa
algo mucho más simple, pero más vital y profundo:
significa dar afecto, dar importancia, dar respeto, dar atención
a nuestras niñas y niños hasta hacerlos sentir dueños
del mundo, de su vida y, claro, de la nuestra. Para eso es la
familia, cualquier tipo de familia. Gracias doctor Brazelton,
por recordarnos lo que siempre debió ser obvio.
Leonardo
Garnier
Ministro de Educación Pública
San José, Costa Rica
GeoSalud, agosto 2008
garnier@amnet.co.cr